Sobre una charla en la Universidad de El Cairo.

Lo que aprendí en una charla en la Universidad de El Cairo.

         Muchas de las películas que vi para mí tesis estaban contaminadas por el síndrome del vinagre. Es fácil reconocerlo. Cuando entras en la sala de moviolas, hueles un olor fuerte y agrio a vinagre. Al abrir las latas de las bobinas, este hedor se hace nauseabundo y a veces irrespirable. En contacto con la humedad el celuloide se encoge, se endure y se retuerce como un niño que intenta resguardarse del frío enredándose entre sus mantas en una noche de invierno. La película termina inservible e irreconocible. Tristemente, las imágenes de los largometrajes se van borrando día tras día, semana tras semana, año tras año…, hasta desaparecer. Donde antes se dibujaban los rostros de los actores, ahora sólo perviven unas formas desfiguradas. Muchos de los largometrajes, que estudié y analicé para mi tesis, sufrían este síndrome. Muchas de aquellas latas no habían sido abiertas durante años.

          Cuando realizas una tesis, sientes una enorme libertad. Tu libertad está protegida y parapetada por el rigor con el que analizas las imágenes y con la certeza de que eres el único que conoce todo ese material; el último investigador que ha abierto esas bobinas en años; el último operador que ha hilvanado el celuloide en los bucles de una montadora y el último espectador que ha visto lo que guardaban en su interior. Además en mi caso me protegía la distancia. Las películas que yo analizaba se habían rodado y filmado cincuenta años atrás. La mayoría de los directores, guionistas, productores y técnicos habían muerto. Muchos ya no eran recordados y de algunos de ellos era casi imposible obtener más información que la figuraba en los títulos de crédito de los largometrajes. Todas las mañanas cuando miraba las películas y me encontraba con el rostro de los personajes de esas historias tan vivas pensaba que aquellos seres ahora estarían muertos o serían ancianos.

     Analizar imágenes lejanas en el tiempo resulta emocionalmente fácil. Cuando empecé a buscar y revisar películas no conocía a ninguno de los directores, productores o guionistas fundamentales. Con el tiempo fui localizándolos y entrevisté a algunos. Los visité en sus casas, en sus residencias de ancianos o en sus estudios donde llevaban años sin trabajar o sin preparar una película. Cuando hablaba con ellos sentía un gran respeto y una gran ternura pero eso no evitaba que a la mañana siguiente volviese a mi trabajo de análisis imparcial sobre sus obras.

    Así, desde una perspectiva completamente racional y sin apego emocional descubrí algunas constantes con las que pude armar una tesis doctoral. Uno de los puntos que más me fascinó fue el racismo del cine español en los cincuenta. Después de ver más de trescientas películas pude afirmar que era una constante repetitiva: el cine español durante esos años era racista, terriblemente racista. Al sentirme libre de cualquier deuda, podía decir y escribir que aquellos ancianos, que me acogían en sus casas, en sus residencias, o que me invitaban cortésmente a tomar un café o un té en sus estudios, habían discriminado, zaherido y destrozado la imagen de los extranjeros en nuestro país. Reconozco que me resultaba extraño, ya que la mayoría de los directores, guionistas, operadores de cámara… que conocí  eran encantadores. Casi todos habían envejecido con inteligencia, cordura y simpatía. Sin embargo, yo, un joven impetuoso, me permitía escribir una tesis en la que acusaba de racistas y xenófobos a algunos de sus largometrajes.

   Incluso hice una categoría sobre qué extranjeros recibían los peores insultos, las críticas más duras y las mentiras más groseras. Así, los rusos, identificados siempre con terribles terroristas o comunistas, se comportaban indefectiblemente como diablos o energúmenos. Con total certeza, si se ve una película española de los cuarenta o de los cincuenta y aparece un ruso, ya se sabe quién es el malo, el malísimo de la película. Después de los rusos venían los ciudadanos del este, vengativos y crueles; luego los alemanes y franceses, orgullosos y pretenciosos… Así hasta llegar a los “hermanos latinoamericanos”, que eran tratados como tontos, bobalicones y simples.

   Hace dos años viajé a Egipto. En mi estancia tuve la suerte de ser invitado a la Universidad de El Cairo. Por entonces trabajaba, sobre el uso del cine español para el aprendizaje del idioma castellano y el Departamento de Español me permitió dar una charla sobre el tema. Como había dirigido cortometrajes de ficción y documentales, utilizaba ese material para poder explicar mejor el contenido de mi exposición. Nunca había estado en Egipto y llegar a El Cairo fue, lógicamente, emocionante, inquietante y bello. Mis padres y yo fuimos a la Universidad de El Cairo; íbamos nerviosos y fascinados. Los profesores, las alumnas y los alumnos nos acogieron y nos mimaron con una enorme ternura, cordialidad y simpatía. Recuerdo las ganas que tenía de realizar una buena presentación, de gustar, de poder aportarles algo y devolverles aunque fuese una parte de su gentileza.

     Dí mi charla y proyecté dos de mis cortometrajes. Los alumnos y los profesores me aplaudieron. No podía ser de otro modo, pues su educación rozaba lo exquisito. Hicieron preguntas y mostraron una delicadeza enorme. Algunas de las cuestiones me resultaron fáciles de contestar; otras eran más complejas; pero en todas ellas me sentí seguro salvo con una: una profesora, con mucho tacto, cortés y elegantemente expresó que le parecía un tópico denigrante e innecesario mi visión de uno de mis personajes. En uno de mis cortometrajes aparecía un chico magrebí, Omar, que menudeaba con droga. Se estableció un debate, todos me trataron con cordialidad pero, a la vez, expusieron que aquel  personaje mostraba una visión racista hacia los árabes. Yo me defendí e intenté presentar este error como un simple descuido pero no era un simple descuido. En aquel momento, descubrí algo que nunca había observado o que no había querido mirar hasta entonces. En todos los cortometrajes que había rodado hasta ese momento sólo había un extranjero: Omar, un árabe y delincuente.

     Mientras hablamos y yo intentaba defender mi postura, pensaba en mi tesis, recordaba los años que había dedicado a darme cuenta de que los directores y guionistas españoles de hace cincuenta y sesenta años habían hecho historias racistas. Yo, en El Cairo, me descubría a mí mismo, observado por otros y cometiendo el mismo error que había denunciado. ¡Qué golpe a mi autoestima! ¡Qué forma más brusca y a la vez clara de aprender algo! Allí, delante de cuarenta estudiantes de castellano, de sus profesoras, teniendo que aceptar que aunque fuera mínimamente había contribuido a mantener el mito y la falacia del árabe como delincuente. Ante la hospitalidad egipcia, yo sólo podía ofrecer mi sincera disculpa.

       Uno acude a la Universidad a aprender. Muchos estudiantes y también muchos profesores creen erróneamente que la enseñanza se basa en la acumulación. El alumno llega vacío al aula y el docente debe regalarle datos y experiencias que le serán útiles en el futuro. Sin embargo, el buen docente sabe que no es así. La verdadera enseñanza es la que cambia, la que modifica o corrige un esquema que el aprendiz poseía. Yo hace dos años tuve la suerte de aprender; es decir, de cambiar radicalmente mi esquema intelectual. Descubrí la facilidad con el que el racismo había entrado, no sólo en el cine español de los cincuenta sino también en mis modestos cortometrajes actuales. Por ello, asistir y dictar la charla en el departamento de español fue un regalo: una gran oportunidad para enseñar unas cosas y para aprender otras.

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